Su bandera fue la esperanza. Siempre, su esperanza. Empezó y terminó creyendo que podía, creyendo en su historia, confiado en despertar ese gigante dormido. Empezó de invitado, terminó en ascenso. Así, este Unión que en una tórrida tarde de enero de este mismo año, empezó a desandar el camino de la esperanza, tuvo recompensa en una gélida tarde de junio. Con el corazón en cada pelota, con sutilezas cuando podía, con actitud y convicción, Unión fue y fue. 18 partidos en una campaña histórica, sin derrotas en su cancha. Con la calidad certificada de Biasotti desde el arco, con la sed de revancha de un plantel y de un cuerpo técnico que querían demostrar que no estaban descartados ni mucho menos. Con todo eso, se armó en el camino y nunca perdió de vista su gran objetivo: ascender.

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Claro, tuvo que sortear momentos duros como la serie de penales ante Andes Talleres o la remontada sensacional frente a los salteños de Güemes, con uno menos y toda la presión encima. le faltaba la última prueba y eligió darla a cancha llena. Con todo Rawson pintado de azul y con San Juan como testigo. Entró convencido que podía y contra el viento y el orden de San Jorge, fue y fue. Como le pide su gente y le exigía la historia. La primera gran recompensa de la tarde la tuvo su símbolo: Roberto Ovejero. Un auténtico producto de la cantera Azul que la peleó siempre callado, sin estridencias. Fue de penal y cuando promediaba el primer tiempo. Ahí, Unión cumplió con lo que se juraron apenas terminó la primera final en San Jorge: pelearla hasta el final. Con ese 1-0 parcial, al menos ya había penales.

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En la segunda parte, ahora con el viento de aliado, Unión fue a buscar el resto. Ese pasito a la gloria que suele hacer las grandes diferencias. Entró decidido y a los 12′ desató el carnaval de invierno en Rawson. Porque por esas cosas del destino, la ansiada revancha eligió al Gino Laciar para cabecear al gol el centro milimétrico y exacto de Jorge Steiner. Ya estaba. Unión y su esperanza habían logrado el milagro. 2-0 y ascenso en el bolsillo.

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Se despertó tarde, afortunadamente, San Jorge. El fogonero Marcos Comba se desató y se le fue encima a Unión. Fueron minutos para sufrir. Para apretar los dientes y recuperar el aliento después de que el cabezazo desesperado de Fullana diera en la base del palo izquierdo de Biasotti sin que nadie de San Jorge pudiera conectarla. Si no entraba esa, ninguna otra se dijeron en silencio.

Y fue así nomás porque la gente entró a jugar su partido y faltando 90 segundos, el delirio certificó el ascenso por más multa que se venga. Unión ya estaba en el Argentino B. Abanderado de la esperanza. Con un grupo de jugadores al que varios se animaron a ver como ex-jugadores pero que ellos mismos se ocuparon de dejar en claro su vigencia.

El liderazgo de Biasotti, los silencios de Ovejero, la potencia de Farías, el oficio de Fullana, la magia de Guerra, los goles de Quiroga, la actitud ganadora de Laciar fueron hilvanando los caminos de una campaña para la historia del fútbol de San Juan. No fue convidado de piedra. Jugó 18 partidos, ganó 10, empató 5 y solamente perdió 3 (todos de visitante). Marcó 32 goles y le convirtieron sólo 13. Siempre apostó a su esperanza y al final, el ascenso fue su justo premio.

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